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Capítulo 1 – Un chaval a las puertas de un taller

By Historia

A los 13 años, Eduardo mostraba mucho interés por la mecánica, así que se ponía a las puertas del taller de Manuel Torres (especializado en los Citroën de aquella época, como el 11 Ligero), en la calle Fernando Tirado, cerca de su casa. Un día el señor Torres le dijo que pasara y así, en no mucho tiempo, acabó trabajando para él. En una ocasión tuvo que llevar unas transmisiones a realizar unos ajustes al tornero del Garage Paso, una especie de corralón o patio grande, donde se daban cita diferentes gremios: mecánicos, escultores, pintores, artesanos de la fundición… Recuerda Eduardo las enormes hogueras que éstos últimos hacían en el centro de la plaza, donde calentaban el aro de hierro con el que hacían las ruedas de los carruajes; era habitual ver por allí incluso a feriantes de Portugal.

Una vez que Nicolás Muñoz, el tornero, concluyó el trabajo, Eduardo volvió al taller con las dos transmisiones. Al llegar faltaban los pivotes. El jefe no se alteró, pero le dijo: “Mientras no los encuentres no vengas”. Eduardo regresó al torno, pero allí no estaban, así que fue a decírselo al jefe, que le repitió lo mismo: “Mientras no los encuentres no vengas”. Volvió al tornero de nuevo, fijándose por el camino; no aparecían. Otra vez al taller, pero el señor Torres mantenía su postura. Eduardo, confuso y desesperado, volvió de nuevo a ver al tornero Nicolás. “Mire Nicolás -le dijo acongojado-, es que me ha dicho mi maestro que hasta que no aparezcan los pivotes no vuelva por el taller”. A lo que el tornero respondió: “Pues quédate aquí a trabajar conmigo”.

Y así, el joven Eduardo comenzó una nueva etapa en la que aprendió mecanización. Limó, trabajó en el torno, en la fresa, la fragua, cementó (proceso de endurecimiento de una pieza)… Es decir, aprendió a fabricar las piezas que los mecánicos montaban y desmontaban, y lo aprendió rodeado de especialistas de la mecanización y la precisión, profesionales que trabajaban en la Pirotecnia, fundición de cañones, Hispanoaviación. Más adelante, esta etapa, que le marcó para siempre, le sirvió para fabricar sus propias piezas, en una época en la que no había de nada.

Capítulo 2 – Desde un pecebre a un corralón

By Historia

Su maestro Nicolás era amigo de dos mecánicos: Nieto y Molina, éste último uno de los 3 ó 4 profesionales que “tocaban” motores Diesel en Sevilla. Nicolás les deja un espacio bajo el taller de torno, en la zona de los pecebres donde los caballos esperaban mientras arreglaban los carruajes. Eduardo comienza a trabajar para ellos en el nuevo taller, donde sigue aprendiendo, sobre todo de Molina, profesional muy pulcro que le contagió la costumbre de trabajar siempre con absoluta limpieza. Por aquél entonces, otro amigo, Luque, monta un taller en un corralón de la calle Arroyo y se lleva con él al joven Eduardo, que, con 18 años, repara por primera vez en Sevilla un motor Diesel Perkin P6. Allí conoce a Antonio Vidal, comisario de la Policía dedicado también al transporte. Antonio le pide que trabaje para él, a lo que Eduardo accede, para lo que se traslada a su nuevo lugar de trabajo, el taller de Sr. Mora, un mecánico de la empresa Pista y Obras, encargada de la construcción del Aeropuerto de San Pablo. De esa etapa recuerda Eduardo los camiones ingleses de aspecto chato y marca Thornycroft, entrando en fila por la calle Oriente, provenientes de Alcalá de Guadaíra cargados de albero. De manera que Eduardo trabaja ahora para Antonio Vidal, pero en el taller de Mora. Éste, al verlo trabajar, le ofrece seguir allí, pero ahora trabajando para él. Y Eduardo pasó a encargarse de la reparación de todos los camiones en el taller de su maestro Mora.